VISIÓN

Nuestro deseo es impartir a todos nuestros estudiantes, por medio de nuestros cursos, una visión espiritual. Primero, debemos darnos cuenta que el Señor desea plantar una visión progresiva en el corazón de Su pueblo. Habacuc 2:2 dice: “Escribe la visión y declárala en tablas, para que corra el que leyere en ella”. Todos necesitamos una visión clara e impartida por Dios para poder cumplir con el propósito que Él tiene para nuestra vida.

 

Esta visión nos permitirá ver más allá de nuestra experiencia espiritual presente. Nos sostendrá y nos dará propósito para nuestra vida. Proverbios 29:18 nos advierte: “Sin profecía [visión progresiva] el pueblo se desenfrena; mas el que guarda la ley es bienaventurado”. Sin una visión progresiva, las personas vagan sin propósito durante su vida. Por lo tanto, la visión espiritual de cada uno es muy importante.

 

Estamos viviendo en los últimos días. Cuando los “últimos días” son mencionados en las Escrituras, muy a menudo se menciona también el monte Sion. Finalmente, todas las promesas de Dios que existen en las Escrituras, vendrán sobre la Iglesia que está morando en el monte Sion espiritual en los últimos días, porque el monte Sion es la meta máxima de la Iglesia de Jesucristo, tal como lo declara el Apóstol Pablo en Hebreos 12:22: “sino que os habéis acercado al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles”. Geográficamente, el monte Sion está localizado en el sudeste de la ciudad de Jerusalén. En tiempos antiguos se llamaba la ciudad de David, y previamente fue habitada por los jebuseos. Sin embargo, no nos referimos al monte físico, sino a lo que representa, en lo espiritual, para cada creyente. Consideremos ahora el significado espiritual de este pequeño monte llamado Sion.

 

EL VIAJE DE EGIPTO A SIÓN

 

Para poder comprender el camino espiritual que como creyentes estamos transitando, necesitamos estudiar el viaje que hicieron los hijos de Israel desde Egipto, a través del mar Rojo, al monte Sinaí, a través del río Jordán, hacia la tierra prometida, y eventualmente al monte Sion. Este viaje histórico que se llevó a cabo hace miles de años es un tipo del viaje espiritual que los creyentes emprenden de la tierra hacia el cielo, de ser bebés recién nacidos en Cristo hasta ser padres y madres, maduros en la fe. Sirve como un mapa para mostrarnos de dónde hemos venido, dónde estamos en el presente y hacia dónde vamos.

 

Poco después de salir de Egipto y cruzar el mar Rojo, Israel recibió una revelación de su destino final en Éxodo 15:17: “Tú los introducirás y los plantarás en el monte de tu heredad, en el lugar de tu morada, que tú has preparado, oh Jehová, en el santuario que tus manos, oh Jehová, han afirmado.” El Salmo 78:54,68 confirma que esta montaña era el monte de Sión. ¡Desde el inicio Sión era la meta del viaje de Israel!

 

El Apóstol Pablo habla acerca del viaje de Israel en 1 Corintios 10:11: “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos.” Pablo establece claramente que el viaje de los hijos de Israel desde Egipto hasta Sión fue incluido en las Sagradas Escrituras como ejemplo o patrón a seguir para los creyentes.

Primero, los israelitas fueron liberados de la esclavitud los egipcios mediante una serie de plagas que Dios usó para reprender a los egipcios. Mientras se preparaban para salir de Egipto (un símbolo de este mundo), los israelitas celebraron la Pascua, que habla de Cristo, el Cordero de Dios, quien murió por los pecados del mundo (1Co 5:7).

 

Después de salir de Egipto, cruzaron el Mar Rojo, que los separó de los egipcios. El Mar Rojo representa el bautismo en agua (1Co 10: 1-2). El bautismo en agua es un acto de obediencia (Mt 3:15), y rompe muchas ataduras con el mundo.

 

EL MONTE SINAÍ

 

Los israelitas llegaron al Monte Sinaí durante el tercer mes de su viaje (Ex 19:1). La fiesta del tercer mes en el calendario religioso de Israel es la fiesta de Pentecostés. De aquí es que entendemos que el monte Sinaí representa la fiesta de Pentecostés, y por ende, la experiencia del bautismo del Espíritu Santo. Esto se ve claramente desde que la Iglesia Primitiva recibió el bautismo del Espíritu y los discípulos comenzaron a hablar en otras lenguas en el día de Pentecostés en Hechos 2.

 

La experiencia Pentecostal, representada por el monte Sinaí, es maravillosa. Sin embargo, Pablo nos dice en Hebreos 12:18–22 que no somos llamados al monte Sinaí, sino al Monte Sión. Por lo tanto debemos darnos cuenta que el destino final de nuestra vida espiritual no es la experiencia Pentecostal. El bautismo del Espíritu Santo nos es dado para ayudarnos en nuestro trayecto a través del desierto hasta llegar al Monte Sión espiritual.

 

El Señor dice en Deuteronomio 2:3, “Bastante habéis rodeado este monte; volveos al norte.” Dios le dijo a Israel que habían acampado alrededor del monte Sinaí demasiado tiempo y que ya era hora de que avanzaran. Creo que el Señor le está diciendo lo mismo a su iglesia hoy: “¡Es hora de avanzar!” Muchas iglesias han acampado alrededor de la experiencia Pentecostal, y están contentas de permanecer en ella y no progresar en su viaje espiritual. No debemos detenernos en ningún momento para acampar alrededor de una bendición o experiencia en particular. Debemos progresar y seguir adelante con Dios hasta llegar al Monte Sión. Debemos proseguir hasta alcanzar la plenitud de lo que Dios tiene para nosotros.

 

EL DESIERTO

 

Después que los hijos de Israel se retiraron del Monte Sinaí, viajaron a través del desierto. Vemos este mismo patrón en la vida de Cristo. Después de ser bautizado en agua (del mismo modo en que lo fueron los israelitas en el Mar Rojo), el Espíritu Santo descendió sobre Jesús y lo impulsó al desierto. (Mc 1:12) El desierto habla de las pruebas en las que Dios nos enseña a ser obedientes. Deuteronomio 8:2 nos dice que el Señor guió a Israel durante cuarenta años en el desierto para obrar dentro de ellos humildad, obediencia y pureza.

 

En Hebreos 5:8 leemos acerca de la misma experiencia en la vida de Cristo: “Y aun a Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia.” Sólo existe una manera de aprender a obedecer, y es a través del sufrimiento y las reprensiones.

 

CRUZANDO EL RÍO JORDÁN

 

Después del desierto, el Señor levantó a Josué para que guiara a los hijos de Israel a cruzar el Río Jordán y entrar a la tierra prometida. Cruzar el Río Jordán habla espiritualmente de estar crucificado con Cristo. Cuando los israelitas cruzaron el Río Jordán, colocaron doce piedras en el río y sacaron otras doce piedras. Esto se refiere a morir al viejo hombre y comenzar a caminar en una vida nueva. Cuando le entregamos nuestro corazón al Señor, él nos perdona de todos nuestros pecados y nos hace tan blancos como la nieve. Sin embargo, aún necesitamos morir a los deseos carnales de nuestra vieja naturaleza. Éste no es un proceso rápido, requiere mucha de oración y negarse a uno mismo.

 

Cuando los hijos de Israel cruzaron el Mar Rojo, ellos habían salido de Egipto pero Egipto no había salido de su corazón. Durante su viaje por el desierto, los israelitas repetidamente quisieron regresar a Egipto. Ellos habían “salido del mundo, pero el mundo no había salido de ellos.” Sin embargo, cuando cruzaron el Río Jordán, el Señor quitó el amor por Egipto (el mundo) de sus corazones y nunca más desearon regresar a Egipto.

 

Después de cruzar el Río Jordán, acamparon en Gilgal donde fueron circuncidados. El Señor declaró en Josué 5:9: “Hoy he quitado de vosotros el oprobio de Egipto.” Todos necesitamos saber por experiencia propia que hemos sido crucificados con Cristo y que nuestra vieja naturaleza ha muerto. Sólo entonces no serviremos más al pecado y seremos libres para servir al Señor con rectitud y santidad (Ro 6:6).

 

CONQUISTANDO LA HERENCIA

 

Los israelitas comenzaron a conquistar y poseer Canaán, la tierra prometida; algo que no fue una tarea fácil. En la tierra existían muchos gigantes a quienes ellos debían eliminar. Para poder poseer esta hermosa tierra, debían despojar a sus habitantes; siete naciones más fuertes que ellos. En nuestra caminata cristiana debemos luchar contra fuerzas invisibles, principados y potestades en lugares celestiales, para poder poseer nuestra herencia.

 

El Monte Sión fue la última y más difícil fortaleza que conquistaron los israelitas. Los jebuseos controlaron esa fortaleza por varios siglos hasta los días del rey David. Con arrogancia se enorgullecían diciendo que el rey David y su ejército no los podían conquistar, aún si sus soldados estuviesen ciegos y cojos.

 

Sin embargo, David conquistó el Monte de Sión y la ciudad de Jerusalén después de recibir su tercera unción. ¡Para poder poseer Sión necesitamos una nueva unción! David hizo del Monte Sión su nueva capital y erigió un tabernáculo para el arca del pacto.

 

Esta pequeña montaña en Jerusalén se convirtió en la morada del Señor. Es una réplica terrenal del Monte Sión celestial (Ap 14:1). Muchos años después del comienzo del viaje de Israel, David finalmente guió a los hijos de Israel al Monte Sión. Como ya lo hemos dicho, ésta debe ser la meta final de todo creyente.

 

NACIMIENTO ESPIRITUAL EN EL MONTE SIÓN

 

El apóstol Pablo dijo: “Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo espiritual” (1Co 15:46). Del mismo modo en que debemos nacer en lo natural, debemos nacer de nuevo para poder ingresar al reino de los cielos. De forma similar, para poder morar en el Monte Sión espiritual, primero debe nacer Sión en nuestro interior. La visión de Sión debe ser sembrada en nuestro corazón por el Señor. Este es un acto divino.

 

El Salmo 87:4-6 habla acerca de nacer en Sión: “Yo me acordaré de Rahab y de Babilonia entre los que me conocen; he aquí Filistea, y Tiro, con Etiopía; este nació allá. Y de Sión se dirá: este y aquél han nacido en ella, y el Altísimo mismo la establecerá. Jehová contará al inscribir a los pueblos: Este nació allí. Selah.”

 

El Señor registra, no solamente dónde nacemos en lo natural, sino también dónde nacemos espiritualmente. La visión espiritual en la cual nacemos es muy importante. Debemos desear nacer espiritualmente en Sión.

 

La experiencia de nacer espiritualmente en Sión es difícil de explicar. Lo único que puedo decir es que el Señor pone en nuestro corazón un deseo de morar en el Monte Sión espiritual. Ese deseo nos consume de tal manera que nuestro único pensamiento y deseo es morar con Cristo en Sión. ¡Uno simplemente sabe que nació y fue destinado para Sión! Todo lo que uno hace lo hace con el objetivo de ascender al Monte de Sión.

 

PROSIGAMOS JUNTOS AL MÁS ALTO LLAMAMIENTO DE DIOS

 

Creo que el Señor desea dar a luz esta visión en el corazón de todo creyente. Hemos sido llamados al monte Sion. Pablo lo estableció claramente en Hebreos 12:22. Nuestra meta no es el bautismo del Espíritu Santo; nuestra meta es el monte Sion, el cual nos habla de la santidad, la morada, y el descanso de Dios, la alabanza y adoración ungidas, y otras verdades maravillosas.

 

Muchos creyentes, y aún iglesias, están satisfechos con su estado espiritual presente, y no están progresando en su viaje espiritual. Así como el pueblo de Israel continuó su viaje, así también nosotros estamos llamados a movernos con Dios, hasta que alcancemos el monte Sion. Debemos perseverar hasta obtener la plenitud de lo que Dios tiene guardado para nosotros. Creemos que Dios desea engendrar esta visión en el corazón de cada creyente. Hágase usted esta pregunta ¿”Dónde me encuentro en mi viaje espiritual y cuál es mi visión?” ¿Está usted avanzando hacia la meta del supremo llamamiento en Cristo Jesús, o ha parado a lo largo del camino? ¿Está satisfecho del lugar en dónde se encuentra?